Con alas en los pies

El mundo la reconoce como la gran artista que revolucionó la danza. Su vida fue sorprendente y turbulenta. Sufrió la muerte de sus hijos y su propia vida terminó con un accidente inverosímil.

En Pensilvania, 1877, vio la luz Isadora Duncan, la gran bailarina que se inspiraba en el movimiento de las olas.

Como las olas

Dicen que podía quedarse horas en silencio mirando el mar en la bahía, conmovida por el ritmo de las olas.

Bailar por instinto y reproducir el movimiento de las olas, era lo que más la fascinaba. La escuela le resultaba un suplicio de disciplina y aburrimiento y lo único que quería hacer era balancearse ligera y con gracia, allí donde estuviera.

Isadora Duncan mecía su cuerpo como si buscara elevarse hacia la luz.

Su forma de bailar fue premonitoria en su vida

Estaba segura que nunca iba a poder integrar una compañía de ballet clásico y que lo suyo era la danza en libertad, como libre de convenciones y de ataduras iba a ser su vida.

La incomprendida

Isadora era una adolescente cuando la familia se trasladó a Chicago: ya había abandonado la escuela. A los 17 se fue a Nueva York, a probar suerte en la compañía de Agustin Daly.

Ahí permaneció por dos años, padeciendo los ejercicios clásicos en la barra y buscando persuadir a los maestros con sus nuevas formas de bailar. No funcionó.

Tan libre como sus movimientos

Viajó a Londres y fue en el British Museum donde encontró lo que buscaba cuando comenzó a copiar los movimientos de las diosas de los jarrones griegos con sus brazos y sus piernas. Y sin zapatillas oprimiendo sus pies.

Entonces, llegó el éxito, cuando sus pies descalzos y como alas se hicieron moda en toda Europa. Llegaron París, Italia, Grecia… Lo mismo hombres que mujeres se enamoraban de ella con desesperación, pero, Isadora nunca le perteneció a nadie más que a ella misma.

Fatal accidente

Entonces nacieron Deirdre y Patrick, hijos de diferentes padres. Ambos fueron criados solo por ella hasta la noche de la tragedia, cuando envió a los chicos con la institutriz desde París a Versailles, donde vivían, y el chofer, en una mala maniobra, provocó el accidente.

El coche cayó al Sena en abril de 1913. Sus hijos murieron ahogados.

Desconsuelo y locura

Ahogada por la pena por la muerte de sus hijos, allí donde iba, había escándalo, como cuando en julio de 1916, durante una accidentada gira en Buenos Aires, bailó desnuda y envuelta en una bandera argentina en un club nocturno.

Su último amor

En Rusia creyó encontrar un último amor, cuando tenía 45 años y dedicaba todos sus esfuerzos a enseñar y a olvidar. Se casó en 1922 con el poeta ruso Sergei Esenin, casi veinte años menor.

Esenin era un hombre emocionalmente inestable. Al año de estar con él decidió abandonarlo para no tener que seguir soportando su alcoholismo y su violencia.

Él regresó a Moscú, fue internado en un neuropsiquiátrico y poco después se ahorcó. Era 1925. Ella nunca se recuperó.

La muerte, tan accidentada como su vida

El corto tiempo que vivió después fue pura decadencia. En septiembre de 1927, en el Paseo de los Ingleses de Niza, se despidió de algunos amigos poco antes de subir al descapotable de un mecánico italiano.

Cuando arrancó el auto, la chalina se enredó entre la llanta y el eje trasero. Isadora murió estrangulada. Tenía 50 años.

Ni siquiera ella misma hubiera podido imaginar un final más acorde con su existencia extravagante y romántica.

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